Las elecciones del 2026 ya no se están comportando como las anteriores. Los números comienzan a mostrar un fenómeno silencioso pero decisivo: el voto se está quebrando.Los datos reflejan una realidad inquietante para los partidos tradicionales: una cosa es el respaldo presidencial y otra muy distinta el arrastre legislativo.
En el caso del PLN, por ejemplo, la diferencia entre los votos obtenidos por la candidatura presidencial y los logrados por sus diputaciones es amplia y constante en todas las provincias.
En San José, el partido registró más de 315 mil votos presidenciales, pero apenas 203 mil para diputaciones, un quiebre de más de 111 mil votos. La tendencia se repite en Alajuela, Cartago, Heredia y el resto del país. La cifra nacional es contundente: 264 mil votos de diferencia entre ambas papeletas.
Este fenómeno no es menor. Lo que revela es una ciudadanía que está votando de forma más fragmentada, menos automática, y cada vez más desconfiada de las estructuras partidarias.
Diputaciones sin respaldo local
El análisis interno del rendimiento electoral en candidaturas a diputaciones dentro del PLN también deja señales preocupantes. Algunos aspirantes presentan brechas superiores al 30% frente a la fuerza presidencial del partido en sus cantones.
En lugares como Puntarenas Centro, Pérez Zeledón o San Carlos, el voto legislativo se desploma, mostrando que la papeleta diputadil se está convirtiendo en un filtro más exigente, donde el nombre pesa menos que el contexto y la credibilidad.
El espejo del Frente Amplio
El Frente Amplio también evidencia una fractura similar. Aunque su voto presidencial es mucho menor, su diferencia entre papeletas es proporcionalmente significativa: más de 201 mil votos entre presidencia y diputaciones.
Esto confirma que no se trata solo de un partido, sino de una transformación del electorado costarricense: el voto se separa, se divide, se castiga.
Una campaña sin claridad
El quiebre del voto también es síntoma de una campaña anticipada marcada más por el ruido que por las propuestas. Mientras los liderazgos se concentran en confrontaciones y narrativas contra el adversario, la ciudadanía parece estar respondiendo con distancia.
El resultado es un electorado que no se entrega completo a ninguna papeleta.
Costa Rica entra en una nueva era electoral.
El 2026 podría ser la elección donde el voto deja de ser un paquete cerrado. La gente ya no vota partido: vota momentos, vota personas, vota dudas.
Y sobre todo, vota con una advertencia: la democracia costarricense sigue viva, pero está exigiendo más.
Porque cuando el voto se quiebra, lo que se rompe no es solo una estrategia electoral. Lo que se rompe es la confianza.
