Mientras el Vaticano recibe promesas de paz, en Costa Rica la paz sigue siendo un milagro pendiente

La fotografía oficial desde Roma no tiene una sola arruga: la presidenta Laura Fernández Delgado, acompañada por el primer caballero Jeffry Umaña, estrechando la mano del papa León XIV en los pasillos del Vaticano. En sus manos, una imagen de la Virgen de los Ángeles; en el papel, una invitación formal para que el pontífice visite suelo tico el próximo año, apelando a nuestras “profundas raíces católicas” y al supuesto compromiso compartido con la paz, la democracia y el diálogo.

Todo suena solemne y diplomáticamente impecable desde los salones de la Santa Sede. Pero aquí, a miles de kilómetros de Roma, la pregunta cae por su propio peso en las paradas de bus, en los comercios cerrados por temor y en las mesas de miles de familias: ¿de cuál paz estamos hablando?

El espejismo de las encuestas frente al hartazgo de la calle

El boletín oficial celebra este encuentro en el marco de los primeros cinco meses de gestión de Fernández —tras asumir el mando el pasado 8 de mayo— y se apresura a subrayar su «alta aprobación» y su «postura firme» en temas de seguridad y gobernabilidad.

Sin embargo, el ciudadano de a pie ya está harto de que los comunicados de prensa intenten tapar el sol con un dedo. Estamos hartos de tener miedo en nuestras propias calles y de sentir que la política vive en una realidad paralela. Mientras la agenda internacional se llena de gestos simbólicos y preparativos logísticos para eventuales visitas papales, Costa Rica arrastra una crisis estructural que ningún viaje diplomático puede maquillar:

 La herida abierta de la inseguridad: La violencia y el crimen organizado siguen siendo la principal amenaza para la vida cotidiana y la democracia, una verdadera «olla de presión» alimentada por la desigualdad y el rezago social que ha arrebatado la tranquilidad de nuestros barrios.

 La urgencia del bolsillo y el trabajo: Más allá de los indicadores macroeconómicos que se recitan en los despachos, persiste una dolorosa falta de oportunidades reales —especialmente para una juventud que enfrenta tasas históricas de desempleo— y hogares cuyos ingresos reales llevan una década estancados.

 Un contrato social agrietado: Venimos de años donde casi la mitad de la población siente que el aparato estatal es incapaz de resolver los problemas nacionales, con instituciones clave —desde la salud y la educación hasta la justicia— sobrecargadas y en deuda con la gente.

El sistema nos falló, pero el milagro nos toca a nosotros

No nos equivoquemos: el problema no es una figura presidencial en particular ni un viaje protocolario a Roma. No es solo un gobierno; es un sistema político e institucional que lleva décadas fallándole a la gente, más preocupado por la foto, el cálculo mediático y la polarización que por reparar las cañerías rotas de nuestra democracia. Nos han fallado las instituciones en su deber básico de protegernos y garantizarnos bienestar.

A la Negrita se le reza con devoción, pero a un país se le rescata con decisiones valientes, transparencia y acción ciudadana. El cambio verdadero no va a bajar de un avión papal ni vendrá por arte de magia desde Casa Presidencial o Cuesta de Moras; nacerá desde el corazón informado, crítico y activo de los costarricenses.

Si la administración actual realmente quiere honrar ante el mundo nuestra herencia de paz, democracia y diálogo, el escenario para demostrarlo no está en el Vaticano, sino aquí. Es hora de pasar del protocolo a la reconstrucción nacional a la manera tica: construyendo puentes reales aquí adentro, convocando a un consenso urgente sin exclusiones y devolviéndole la seguridad, el trabajo digno y la honestidad a una nación que ya dijo ¡basta! de promesas, pero que sigue de pie, unida y lista para recuperar su camino.

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