La advertencia no es nueva, pero el tono sí lo es: ya no hablamos de mitigar el cambio climático para el futuro de nuestros nietos; hablamos de gestionar un colapso inminente en tiempo presente. El Dr. Edgar Gutiérrez —cuya autoridad en la materia es indiscutible tras haber presidido la Asamblea Ambiental de la ONU y liderado el Ministerio de Ambiente y Energía de Costa Rica— ha sido tajante: la ventana de oportunidad para evitar una catástrofe ambiental sistémica se está cerrando ante nuestros ojos.
El marco conceptual que nos plantea Gutiérrez no es el de crisis aisladas, sino el de una «policrisis». Vivimos en un ecosistema global donde el colapso de la biodiversidad, la inestabilidad climática, la escasez de recursos y la desigualdad social no son problemas paralelos, sino hilos de la misma cuerda que se está tensando hasta romperse. Intentar solucionar uno ignorando los demás es como pretender apagar un incendio forestal soplando una sola rama.
El diagnóstico definitivo quedó plasmado a finales del año pasado en la última Asamblea del Ambiente de la ONU, con la presentación del informe GEO-7 (Perspectivas del Medio Ambiente Mundial). Este documento no es un simple compendio de datos alarmantes; es una autopsia anticipada de nuestro modelo de desarrollo. Y su conclusión central apunta directamente al corazón del dogma económico moderno: debemos abandonar, de una vez por todas, la obsesión ciega por el Producto Interno Bruto (PIB).
El PIB mide la velocidad con la que quemamos y consumimos el planeta, pero es incapaz de medir la salud de nuestros ríos, la estabilidad de la atmósfera o el bienestar real de las personas. Seguir usando el PIB como la única brújula del progreso humano es el equivalente macroeconómico a acelerar hacia un precipicio porque el velocímetro marca un número alto.
El GEO-7 es claro en que la salida de este laberinto no pasa por parches cosméticos ni por el «lavado verde» (greenwashing) corporativo. Exige un rediseño radical de los sistemas económicos y un cambio profundo en nuestros estilos de vida. Sin embargo, este llamado a la acción global no puede caer en la trampa de la falsa equivalencia. La responsabilidad no está repartida de manera uniforme. Las naciones industrializadas, que han cimentado su riqueza histórica sobre la base de una huella de carbono desproporcionada, deben asumir la mayor carga del cambio. No se trata de caridad internacional; se trata de una deuda ecológica histórica.
Costa Rica ha sido históricamente un faro de diplomacia ambiental, y las voces de líderes como Gutiérrez nos recuerdan el peso de esa responsabilidad. El mensaje para la política global y local es urgente: el tiempo de las cumbres climáticas de discursos vacíos y promesas para el año 2050 ya caducó. O transformamos el sistema económico por diseño y con justicia, o la naturaleza lo transformará por nosotros mediante el caos. La ventana se cierra, y la inacción ya es una decisión de consecuencias catastróficas.
